Defender nuestros glaciares es, hoy, una de las causas más importantes y urgentes que nos quedan como sociedad. La movilización popular, la firma de petitorios y la presión para que la Ley de Glaciares no sea vulnerada son acciones fundamentales frente a un avance extractivo que amenaza nuestras reservas estratégicas de agua dulce. Las zonas periglaciares no son "terrenos vacantes"; son el sostén de nuestros ecosistemas, y dejarlas bajo el arbitrio de decisiones provinciales —muchas veces acorraladas por la necesidad de divisas inmediatas— es un riesgo irreversible. Es imperativo firmar, difundir y sostener este reclamo porque el agua, efectivamente, no tiene que ser moneda de cambio. Sin embargo, esta lucha por la protección de las cumbres nos invita a una reflexión más amplia y revisar cómo la estamos usando en el llano, donde el derroche suele estar invisibilizado.
Uno de los fenómenos más fascinantes de nuestro continente son los llamados ríos voladores. Son flujos masivos de vapor de agua generados por la transpiración de millones de árboles que funcionan como bombas biológicas; un solo ejemplar puede liberar cientos de litros de agua al día. Esa humedad viaja miles de kilómetros hasta chocar con la Cordillera, donde se condensa y cae como nieve que recarga nuestros glaciares. Cuando permitimos la deforestación indiscriminada para ampliar la frontera agrícola, estamos ejecutando un Doble Impacto devastador. Por un lado, "cortamos el chorro" de estos ríos invisibles, dejando a los glaciares sin su fuente de alimentación. Por el otro, al eliminar la masa boscosa que actúa como sumidero de carbono, permitimos que los gases de efecto invernadero se acumulen en la atmósfera, elevando la temperatura global y acelerando el derretimiento de los hielos. Es un círculo vicioso, le quitamos al glaciar el agua que lo forma y le subimos la temperatura que lo destruye.
La magnitud de este proceso es alarmante. En la última década, la región del Gran Chaco argentino ha sufrido una de las tasas de deforestación más altas del mundo; entre 2007 y 2022 se perdieron 3,7 millones de hectáreas de bosque nativo. A esto se suma el drama del Amazonas, que ya ha perdido cerca del 15% de su superficie vegetal para expandir la ganadería y el cultivo de soja. Este avance del monocultivo trae consigo una dependencia absoluta de agroquímicos —ligados a la industria de los combustibles fósiles— que aniquilan la biodiversidad local. Al final del día, somos exportadores de agua y entregamos nuestros ríos a cambio de una rentabilidad que no contempla el costo de secar nuestro propio futuro.
En este punto, la discusión sobre la Ley de Glaciares choca con una narrativa global profundamente asimétrica, la transición energética. Las grandes multinacionales del norte global quieren extraer el cobre necesario encubriendo los costos ambientales bajo una falsa "conciencia verde". Aquí opera el feroz poder de lobby de corporaciones transnacionales que practican un "extractivismo de enclave", aterrizan en países periféricos, asfixiados por deudas externas fraudulentas que el pueblo nunca consintió, para imponer condiciones que jamás se atreverían a proponer en sus casas. Es la manifestación perfecta del intercambio ecológicamente desigual, los países centrales externalizan los costos socioambientales de su desarrollo —la contaminación y el estrés hídrico— hacia las periferias, mientras retienen el valor agregado y el beneficio tecnológico.
Se trata de una "acumulación por desposesión", donde el capital destruye los bienes comunes del Sur para que un ciudadano en Europa o Estados Unidos pueda vivir una utopía eléctrica sin emisiones. Pero la hipocresía del sistema alcanza su punto máximo cuando el ciclo se cierra, mientras los capitales y las empresas tienen libre paso para cruzar fronteras y saquear recursos, los seres humanos que huyen de esos territorios devastados —convertidos en "zonas de sacrificio"— se encuentran con muros y fronteras blindadas. Los países centrales exigen la libre circulación de sus mercancías y la desregulación de nuestras leyes ambientales, pero cierran sus puertas a quienes emigran buscando el bienestar que les fue robado en su origen. El Norte succiona la vida de la periferia y luego criminaliza a sus víctimas.
Esta realidad llega inevitablemente a nuestro plato. El vegetarianismo o el veganismo son actos de defensa hídrica y climática radical. La producción de proteína animal es un proceso de ineficiencia ambiental y energética absoluta, para obtener un solo kilo de carne vacuna se requieren unos 15.000 litros de agua, frente a los apenas 4.000 litros de las legumbres. Es hora de desmantelar el mito de que "un país pobre no puede dejar de comer carne", la realidad es que somos un país que produce alimento para 400 millones de animales mientras millones de personas sufren inseguridad alimentaria. Según diversos estudios de eficiencia trófica, se estima que si el suelo destinado a forraje para ganado se utilizara para consumo humano directo, se podría alimentar a 3.500 millones de personas adicionales a nivel global. Producir proteína vegetal es hasta 20 veces más eficiente en términos de uso de suelo y recursos que la animal.
Además, la ganadería es uno de los mayores emisores de metano, un gas con un potencial de calentamiento muy superior al dióxido de carbono. Asimismo existe una relación directa entre el consumo de carne y la deforestación, las corporaciones alimentarias hacen un lobby tan feroz como el minero para convertir selvas en fábricas de forraje. Al igual que con los minerales, estas empresas externalizan el desastre en nuestros suelos para alimentar animales que consumirán otros. Todo esto contribuye al calentamiento global que derrite los glaciares por los que estamos luchando. 
Por otro lado, frente a la crítica a la megaminería, suele surgir una voz que pregunta, "¿Si estás contra la minería, por qué usás tecnología?". Esa pregunta es una trampa discursiva para desviar la atención de la destrucción ambiental. No debemos caer en esa parálisis, la lucha contra las mineras es innegociable y hay que darla en la calle y en las leyes. Pero mientras exigimos un cambio estructural, tenemos a mano una revolución personal y colectiva mucho más sencilla y de impacto inmediato, nuestro plato. Si bien es extremadamente complejo hoy vivir al margen de la tecnología, dejar de consumir animales es una decisión accesible que corta de raíz nuestra complicidad con el modelo de deforestación y derroche hídrico.
Exijamos con todas nuestras fuerzas que la Ley de Glaciares no se vulnere para que la megaminería no contamine nuestras reservas. Pero, en el mismo acto, miremos nuestro plato. Así como hoy defendemos el agua frente a las mineras, es hora de empezar a defenderla también frente al modelo de las multinacionales del forraje. La soberanía hídrica también se conquista bocado a bocado. Si el agua no se negocia en la Cordillera, que tampoco se negocie en nuestra mesa.