Hay una escena que se repite cada vez más, un grupo de amigos charlan con una mezcla de hastío y superioridad, cómo la inmigración está "trastocando" el orden de su sociedad. Se habla de los guetos y de una supuesta falta de adaptación, pero siempre bajo una máscara de tolerancia condicional. El discurso suele ser, "Me gusta la diversidad, siempre que respeten nuestras leyes y costumbres". Sin embargo, bajo esa superficie late una exigencia de claudicación. No se busca una convivencia, sino una asimilación forzada donde el recién llegado debe volverse occidental, renunciando a su fe, su vestimenta y su historia para no incomodar la estética. Queremos la diversidad de la inmigración, pero solo si el inmigrante es igual que nosotros.
Esta mirada omite deliberadamente que nuestro bienestar se subsidia con el despojo en los lugares de donde vienen los "invasores". Existe la creencia peligrosa en las naciones centrales y aquellas que se auto perciben centrales, de que su calidad de vida es un mérito puramente propio, el resultado de una inteligencia o visión superior. Es la falacia de una meritocracia global que no existe. Tu capacidad de comprar un pantalón por un puñado de pesos en aplicaciones de Ultra Fast Fashion como Shein no es un triunfo de tu ingenio económico; es el resultado directo de que, en algún lugar de Asia o África, hay alguien trabajando en condiciones de semiesclavitud. Tu nivel de vida no es tu mérito; es una transferencia de bienestar desde los márgenes hacia el centro. El sistema te permite sentirte un "ganador" porque ha externalizado el costo humano de tus privilegios a miles de kilómetros de tu vista.
Este saqueo se sostiene mediante mecanismos neocoloniales activos y silenciosos. El caso de Francia es, quizás, el más flagrante: a través del Franco CFA, el Estado francés sigue controlando la moneda de catorce naciones africanas. Este sistema obliga a estos países a depositar la mitad de sus reservas en el Tesoro francés, permitiendo que París gestione su dinero y garantice estabilidad para sus propias empresas a costa de asfixiar la soberanía monetaria de África. Resulta cínico que un país emita el dinero con el que vive medio continente africano pero, cuando esos ciudadanos huyen de la hambruna generada por ese diseño, se les llame "ilegales". Francia se queda con la riqueza y el control, pero rechaza a las personas que ese mismo control empobrece.
El cinismo alcanza su punto más alto en la industria de la guerra. Estados Unidos, el principal exportador de armas del planeta, invierte anualmente cerca de 900.000 millones de dólares en su presupuesto de defensa (1,5 billones de dólares en 2027), mientras destina más de 25.000 millones anuales a agencias como el ICE y patrullas fronterizas. En Europa, Francia y Alemania lideran las exportaciones bélicas hacia zonas de conflicto en el Líbano, Siria o el Sahel. Se exportan fusiles que destruyen hogares y se alzan muros para contener a los refugiados. Es una ecuación de una crueldad extrema, se globaliza la muerte y la hambruna para asegurar recursos, pero se nacionaliza el bienestar para proteger los privilegios.
Este debate carece, sobre todo, de memoria. Hace apenas un siglo, Europa era un continente desgarrado por guerras y hambre. Millones de italianos y españoles cruzaron el Atlántico hacia Latinoamérica buscando lo mismo que hoy buscan quienes cruzan el Mediterráneo. A esos inmigrantes nadie les exigió que dejaran de ser quienes eran; por el contrario, su cultura fundó una nueva identidad nacional en países como Argentina. Resulta doloroso ver cómo hoy, aquellos cuyos abuelos fueron salvados por la generosidad de tierras lejanas, exigen "pureza cultural" a quienes atraviesan el mismo infierno que ellos, aparentemente ya olvidaron.
Llegado este punto, los ciudadanos de Buenos Aires, Santiago de Chile, París o Madrid deben abandonar la comodidad del juicio ajeno y enfrentarse al espejo. Es fácil hablar de leyes migratorias cuando el suelo no tiembla bajo tus pies. Imagina, por un segundo, que no sos vos quien está tranquilo en una capital, sino alguien que ve cómo su país entra en una crisis terminal o una guerra financiada por intereses que ni siquiera comprendes. Imagina que tu hijo te mira a los ojos y te dice que tiene hambre, y vos no tenes absolutamente nada para darle. ¿Qué harías? ¿Respetarías una ley migratoria extranjera que te condena a ver morir a tus hijos? ¿Te quedarías sentado esperando un trámite burocrático, que te grita para vos no es, mientras el futuro de tu familia se desvanece? No nos engañemos, harías lo mismo que ellos. Cruzarías cualquier océano, desafiarías cualquier muro y caminarías hasta que los pies te sangraran. El inmigrante no es un invasor ni un enemigo; es el testimonio viviente de un mundo que hemos roto para sentirnos prósperos. Antes de exigirle que "se adapte", preguntate si serías capaz de sobrevivir a la mitad del dolor que él ya lleva en la espalda. Porque al final, el derecho a que un hijo coma no entiende de pasaportes, y la supervivencia es la única ley que nadie, absolutamente nadie, puede ignorar.